La noche era cálida y apacible, de esas de principio de primavera en las que sólo dan ganas de estar en la calle y celebrar el final del frío. Tras haber invertido todo su capital en antros malasañeros, sus amigas y ella, embriagadas de alcohol y tonterías, decidieron coger el autobús nocturno para volver a casa.
Las risas continuaron en el búho acrecentadas por las curvas y por los peculiares usuarios del transporte público para trasnochadores, que como es de imaginar, daban pie a ese grupo de locas para seguir comportándose como tal.
Entre carcajadas, su mirada se cruzó con la de un chico. De repente, su estómago se partió atravesado por una especie de látigo y sintió algo que no le había ocurrido hasta entonces. "Tengo que conocerle como sea", pensó. Nunca antes había estado tan convencida de algo sin tener ningún motivo para ello, pero sabía que si esta vez no seguía sus impulsos, se arrepentiría de ello el resto de sus días.
Su parada ya había llegado, debía bajarse del autobús y todavía no había hecho nada. Empujada por la cerveza, comenzó, sin saber porqué, a aporrear las ventanas del bus para intentar comunicarse con aquel chico, que aún permanecía dentro. Su método surtió efecto y, además de conseguir que el chico la respondiese atónito, hizo que todo el que presenció la escena se sintiera un poco abochornado por el lunático comportamiento de la chica.
La noche había acabado ya y de una forma bastante surrealista. Impulsada por un súbito pálpito había hecho el ridículo sin que la importara y, para colmo, se sentía contenta consigo misma por ello. Y tampoco sabía porqué, pero presentía que aquella noche sería el principio de una larga historia...
Diez minutos
Hace 17 años
2 comentarios:
Y tan larga.........y bonita!
si es que tenemos nuestras propias historias de peli y no las explotamos nada!
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